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Mensajes Calientes en la Ciudad

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El teléfono vibró sobre la mesa de la terraza mientras tomaba un café solo. Abrí la aplicación y vi el mensaje: «¿Te gusta el riesgo? Tengo un lugar que nadie conoce en el centro».

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Respondí sin pensarlo dos veces: «¿Qué tipo de riesgo?». La respuesta llegó en segundos: «Del que te deja sin aliento. Azotea en Malasaña, piscina privada. Solo si tienes ganas de jugar de verdad».

Laura, veinticinco años, había aparecido en mi bandeja de entrada dos días antes. Sus fotos mostraban una melena oscura y una sonrisa que prometía travesuras. Trabajaba como diseñadora gráfica en una agencia cercana a la Gran Vía y, según sus palabras, estaba harta de las rutinas aburridas. Yo, a mis treinta y dos años, acababa de cerrar un proyecto de arquitectura que me había dejado exhausto. Aquella propuesta llegó como un soplo de aire fresco.

«¿Cuándo?», escribí. «Hoy a las siete. Trae traje de baño… o no lo traigas. El código del ascensor es 4729. Último piso».

El sol aún calentaba las calles de Madrid cuando crucé la puerta del edificio antiguo reformado. El ascensor subió con un zumbido suave y me dejó en una terraza rodeada de plantas altas que ocultaban la vista desde los edificios vecinos. Una pequeña piscina rectangular brillaba bajo los últimos rayos, rodeada de tumbonas de madera y luces tenues que empezaban a encenderse.

Laura ya estaba allí. Su bikini negro apenas cubría lo necesario. Se giró al oír mis pasos y sonrió con esa mezcla de timidez y descaro que había visto en sus fotos. «Pensé que no vendrías», dijo mientras se acercaba. Su piel bronceada contrastaba con el blanco de las baldosas. Nos besamos sin preámbulos, un beso largo que sabía a vino blanco y a promesa.

Nos metimos en el agua tibia. El contraste con el aire fresco de la tarde hizo que mi cuerpo reaccionara al instante. Ella nadaba con movimientos lentos, provocándome con miradas por encima del hombro. Pronto estuvimos en el borde más profundo, donde el agua nos llegaba al pecho. Mis manos recorrieron su cintura, bajaron hasta sus caderas y la atrajeron contra mí.

«Tranquilo», murmuró riendo. «Tenemos toda la noche». Pero su cuerpo decía lo contrario. Se frotó contra mi erección con deliberada lentitud, arrancándome un gemido. La levanté un poco y ella rodeó mi cintura con las piernas. Besé su cuello, mordí suavemente el lóbulo de su oreja mientras mis dedos se colaban bajo la tela del bikini.

Encontré su clítoris hinchado y lo acaricié en círculos suaves. Laura echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un suspiro entrecortado. «Así… justo así», jadeó. Aumenté la presión, deslizando un dedo dentro de ella. Estaba caliente y resbaladiza a pesar del agua. Sus caderas se movieron contra mi mano, buscando más fricción.

Salimos del agua y nos tendimos sobre una tumbona ancha. El sol ya se había ocultado tras los tejados, pero el calor entre nosotros seguía creciendo. Le quité la parte de arriba del bikini y lamí sus pezones oscuros hasta que se endurecieron como guijarros. Ella arqueó la espalda, ofreciéndome más. Bajé lentamente, besando su vientre plano, deteniéndome en el borde de la braguita.

Cuando se la quité, separé sus piernas con cuidado. Su sexo depilado brillaba bajo la luz tenue. Pasé la lengua por toda su longitud, saboreándola. Laura enredó los dedos en mi pelo y empujó mi cabeza contra ella. Me concentré en su clítoris, succionándolo con suavidad mientras introducía dos dedos en su interior. Sus gemidos se volvieron más urgentes, más altos.

«No pares… por favor», suplicó. Aceleré el ritmo, curvando los dedos para tocar ese punto que la hacía temblar. Su cuerpo se tensó de repente. Las piernas le temblaron y un orgasmo potente la recorrió, haciendo que se arqueara y gritara mi nombre entre jadeos.

Me incorporé, el miembro dolorosamente erecto. Laura me miró con ojos vidriosos de placer y se arrodilló frente a mí. Tomó mi pene con ambas manos y lo acarició con movimientos expertos antes de metérselo en la boca. Su lengua giró alrededor del glande mientras me miraba a los ojos. La sensación era abrumadora. Agarré su cabello con suavidad y me dejé llevar por el calor húmedo de su garganta.

Después de varios minutos en los que casi pierdo el control, la levanté y la coloqué de espaldas contra la barandilla de cristal que daba a la ciudad. Desde allí se veían las luces de Madrid empezando a encenderse. Entré en ella de un solo empujón. Estaba tan mojada que resbalé hasta el fondo. Ambos gemimos al unísono.

Empecé a moverme con fuerza, sujetándola por las caderas. Cada embestida hacía que sus pechos rebotaran y que sus gemidos se mezclaran con el ruido lejano del tráfico. Cambié el ángulo ligeramente y ella se apretó alrededor de mí, anunciando un segundo orgasmo. Lo sentí llegar: sus paredes internas palpitaron con fuerza, ordeñándome.

No pude contenerme más. Salí de ella y la giré. Laura se arrodilló de nuevo y abrió la boca, sacando la lengua. Eyaculé sobre su lengua y sus labios en varios chorros potentes. Ella tragó con deleite, limpiándome después con suavidad.

Nos tumbamos juntos en la tumbona, respirando agitados. La noche había caído por completo sobre la ciudad. Las luces de neón se reflejaban en la superficie de la piscina. Laura pasó los dedos por mi pecho y sonrió con picardía.

«¿Quieres que te cuente lo que tengo planeado para la próxima vez?», susurró. Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró con un nuevo mensaje en la misma aplicación. Era de ella: «¿Repetimos mañana? Esta vez traigo aceite y juguetes».

Sonreí en la oscuridad y respondí con una sola palabra: «Sí».

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