Estaba tirado en mi mugriento apartamento de dos piezas con cocina, remendando calcetines bajo el calor asfixiante del verano. La tele zumbaba con una serie policial alemana ridícula: un monstruo llamado Derrick investigando crímenes. Sonó el timbre. Abrí. Era ella: Karen Beltram, 20-25 años, morena, alta, delgada, bronceada. Pánico en los ojos. ‘¿Es usted el señor Booth, el detective?’ Lloraba. La hice pasar, le di un scotch. Se calmó. Heredera de una casa al norte de Chicago, junto al lago. Padres muertos. Brujos nocturnos. Me ofreció 1000 dólares por una noche de vigilancia. Acepté.
Llegamos a la mansión victoriana, sublime pero descuidada. Parque enorme, lago Michigan brillando. Cenamos: tomates, gratín vegetariano. Habló sin parar de su tío Peter, productor porno: ‘Niqueurman’, ‘Pépères pervers’. Noche cayendo. La instalé en su cuarto, Colt listo. Agua corriendo: su baño. Grito desgarrador. Corrí. La encontré desnuda, empapada, pegada a mí. Sus tetas firmes temblando contra mi pecho desnudo. ‘¡Señor Booth, tiene una erección!’ La llevé a su habitación, robe de chambre encima. En el baño, encontré el magnetofón en la rejilla de ventilación. Voz grabada: ‘El detective no puede ayudarte’. Alguien la asustaba para echarla.
El Despertar de la Pasión Prohibida
Regresé triunfante. ‘No hay fantasma’. Ella: ‘Quédate esta noche’. Se quitó la robe, se metió en la cama de satén. Piernas largas, culo perfecto, curvas apetitosas. Luz encendida. ‘Tengo miedo, acuéstate conmigo’. Me tendí a su lado. Se acurrucó. Mi polla dura otra vez. ‘¿Quieres follarme? Todos los tíos lo hacen’. Aparté la sábana. Su coñito húmedo, listo. Mano en su monte de Venus: mojada de verdad. Abrí la bragueta, polla tiesa como barra. Me clavé en ella de un empellón brutal, hasta el fondo. Gato en celo, rugió. Enlazó piernas en mi cintura. Bombeé salvaje. Ella ondulaba, contraía músculos vaginales. Orgasmo explosivo: tembló entera. Otro más suave, felino. Eyaculé gritando, derrumbado sobre sus tetas sudorosas. Dormimos exhaustos.
Desperté de golpe. Ruido en el pasillo. Colt en mano, abrí la puerta. Un viejo canoso, 60 años: ¡el tío Peter! Vivo, escondido de mafia y polis. Fingió su muerte. Yo lo arrastré adentro. Karen chilló: ‘¡Tío Peter!’ Explicó: vivía oculto, asustó a su sobrina para que se fuera. No cámaras, no porno. Solo su secreto. La transgresión con Karen: sexo prohibido con cliente, en casa ’embrujada’. Intensidad pura, piel contra piel, coño apretado devorándome. Nadie sabe. Ese placer oculto, osado, me quema aún. Cobré mis 1000, me fui sonriendo. Secreto guardado, satisfacción visceral.