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Mi iniciación secreta con Dame Maude en la granja

En el establo de la granja, olía a heno y sudor animal. Yo, Jacques, un idiota de 24 años, oí gemidos extraños. Me acerqué sigiloso. Dame Maude, viuda rolliza, apoyada en el pesebre, falda subida, metía el mango de la horca entre sus muslos gruesos. Cabeza echada atrás, ojos en blanco, gruñía como una cerda. El palo brillaba húmedo. ‘¿Está mal, señora?’, pregunté. Ella jadeó: ‘Solo lo unto, chico. Vuelve a tu trabajo’. Me fui intrigado, polla removiéndose sin saber por qué.

Esa tarde, en el huerto bajo el sol abrasador, la ayudé a cavar. Ella se sentó en el talud, falda tensa, sin bragas. Vi su raja oscura, peluda. ‘¿Por qué no tiene verga como yo?’, solté. Rió. ‘Somos tenón y mortaja, chico’. Se abrió la falda, mostró el coño morado, agujero húmedo. ‘Esto no es para comer’. Mi verga se endureció. Aquella noche, en su cuarto oscuro, me llamó. ‘Chupa mis tetas, te daré leche para fortalecerte’. Sus ubres enormes, pezones como platos. Succione, ella gemía, apretaba mi cabeza contra su carne blanda. No salía leche, pero ella se retorcía, convulsionaba, mojó las sábanas.

El despertar de la pasión oculta

Al día siguiente, me enseñó a cuidar mi ‘palo’. ‘Enséñamelo’. Mi pito infantil, lampiño. Untó grasa de oca, me masturbó. Nada. Metió dedo en mi culo. ¡Placer eléctrico! Se irguió, dura como madera. ‘Astícalo así, pero para antes de mear’. Obedecí, masturbándome a escondidas, creciendo día a día. Luego, su ‘picadura’. En la mesa, se agitó: ‘¡Una pulga en el coño!’. Abrió piernas, mostro la mata negra. Froté el clítoris hinchado, saliva en dedo. Ella temblaba, gritaba, explotó en orgasmos, culo al aire. Exploré su grieta babosa, dedo dentro, calor viscoso como pozo de anguilas.

El éxtasis sin frenos y el secreto guardado

La follada final. En su cama: ‘Mételo en mi olla’. Arriba yo, ella abajo, panza enorme. Empujé, resbalé en su coño grasiento. Entró. ‘¡Muévete, lústralo!’. Cabalgué su vientre como yegua, chapoteo de mantequilla. ‘¡Me corro!’. Ella me apretó, yo eyaculé dentro, mareado de placer prohibido. ‘Ven cuando se te pare, te lo ablandaré’. Ahora la montaba a diario, en lavadero, por culo por error, viendo a sus hijas autopercutarse con puerros. Chupé tetas de las chicas, me mamaron, eyaculando chorros en sus caras. Pero volví a Maude, trombándola sin parar, campos abandonados.

Nadie sabe. Sigo siervo, pero amo su coño. El secreto quema delicioso, placer intenso solo aquí. Oso todo, transgrediendo en sombras. Satisfecho, verga siempre lista.

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