En la ducha de mi casa, el agua caliente caía sobre nosotros. Jérôme y yo acabábamos de pajearnos mutuamente por primera vez. Habíamos eyaculado con fuerza sobre nuestros torsos. Nuestros jugos se secaban ya. Decidimos ducharnos juntos. Él entró primero. Se giró sonriendo. ‘¡Ven, David! Después de lo que hicimos, podemos ducharnos juntos’. Su sonrisa lo hacía irresistible. Tan cerca, sentía una nueva excitación. Pensábamos en el tabú roto: pajearnos sin pudor.
Jérôme se enjabonaba de espaldas. Admiraba su piel imberbe, suave bajo el agua. En la piscina lo veía en slip, pero ahora notaba lo tersa que era. Un impulso irrefrenable: tocarla. Luchaba por calmarme. ¿Qué me pasaba? Se volvió. ‘¿Fue genial antes?’, dijo. ‘Sí, claro… ¿Te pajeas mucho?’, balbuceé. ‘Casi todos los días. No pensé pajearme delante de un tío. El corazón me late a mil’. ‘¡A mí también!’. Alegría: sentíamos lo mismo. Él, el hermano que no tuve. Hablamos de sexo sin tabúes.
El despertar de la pasión
Rozó mi pecho para mi pulso. Gesto inocente, pero detonante. ‘Late fuerte, como tras un sprint’. Miraba el agua en su torso. Gotas en pezones pequeños, prominentes, más que los míos. No resistí. Mi polla se hinchaba. Puse la mano en su corazón. Sentí su pecho firme. Bajé dedos por su piel suave. Rozé su pezón. Movimientos circulares suaves. Respiró fuerte. Su verga se erguía, tiesa entre nosotros. ‘¿Te gusta?’, pregunté. ‘Sí, soy sensible ahí. Me encanta tocarme’. ‘Yo igual’. ‘Tu polla es más larga, curvada hacia arriba. Mola’. Seguí acariciando su torso húmedo. Cada roce en pezones lo estremecía. Su glande asomaba, verga tensa.
Con la izquierda, masajeé su pezón derecho. Me miró con ojos marrones. ‘David… Pájame, hazme correr…’. Se dio la vuelta. Lo abracé por detrás. Mi polla dura contra su cintura. Brazos en su torso musculado. Masajeé pezones arrogantes. ¡Qué frenesí sentirlos temblar! Pectorales contraídos, sexys. Cabeza en su hombro, vista de su cuerpo envidiable. Bajé mano por abdominales tensos. Los conté, los tracé. Primera vez tocando un hombre que gozaba cada caricia. Su mano en mis nalgas: impaciencia. ‘Toma mi polla…’. Agarré su verga. ¡Dura como piedra! Recta, glande hinchado. La pajé como a la mía. Más corta, pero gruesa. Me excité más.
La pasión sin límites
La pajeé fuerte. Izquierda en torso. Cada bombeo lo acercaba al clímax. Masajeé huevos rasurados, colgantes. Los rodé. ‘Pájame bien, voy a correr…’. ‘¡Qué tiesa! ¿Te gustan las pelotas masajeadas?’. ‘¡Hazme eyacular!’. Agua y jabón lubricaban. Friccioné glande sensible. ‘Tu polla es preciosa. Sale precum. Vacíate, gicla fuerte’. Mis palabras me sorprendían. Libératorio. Sentía su placer como mío. ‘¡Voy a correr!’, jadeó. Huevos se retrajeron. Polla más dura. Jet potente. ‘¡Síiiii!’. Cinco o seis giclées. Sentí espasmos en sus abs. Su mano guió la mía. Se apoyó en mí, piernas flojas. Esperma blanco espeso en mi mano, lavado por agua. ‘¡No creí que correrías tan fuerte otra vez!’. ‘¡Joder, qué gusto!’. Se pellizcó pezones mientras exprimía la última gota. Polla ablandándose, huevos pegados.
‘Para… no aguanto’. Apagó agua. Se giró. Mi erección brutal, dolorosa. ‘¿Y tú? Tienes las bolas llenas’. Se arrodilló. Quiso chupar, pero pajeó firme. Mis huevos colgaban, oscilando. ‘¡Qué pelotas bien puestas!’. Jugó con ellas. Mano izquierda en mis pezones, círculos amplios. Deseo insoportable. Savia acumulada. Pasé mano en su pelo. ‘¡Pájame fuerte!’. Apretó base de mi polla, retrasando corrida. Dolor y éxtasis. Al soltar, orgasmo eterno. Piernas cedieron. Él me sostuvo. Esperma voló sobre su hombro, luego en su torso. Lo gozaba. Mi semen claro chorreaba por su cuello, pezones.
Eran dos horas de pajas intensas. Nunca tan placenteras. Busco repetir con un pote. Solo una vez más con Jérôme. Hace ocho años. Se fue a provincia, perdimos contacto. Miedo a más que amistad. Hétero, pero valoro esa complicidad masculina. Hallar confianza mutua es utopía. ¿Quién sabe?