En el viejo despacho del local de campaña, me despierto con el corazón latiendo fuerte. Sara está inclinada sobre mí, su sonrisa pícara ilumina la penumbra. Lleva una falda ajustada y chaqueta azul que resalta sus curvas. ‘¿Dormiste bien, cariño?’, susurra. Abro los ojos del todo y veo a Pénélope, la voluntaria de 23 años, parada en la sombra. Menuda, pechos pequeños, pantalón beige ceñido, coleta cayendo sobre el hombro. Me incorporo, quitando los pies de la caja de leche. Sara ríe bajito. ‘La oí decir que quería un momento contigo antes del anuncio. Le expliqué que tú también lo querrías’. Pénélope baja la vista, ruborizada. ‘Sí, señor… tengo ganas’. El pulso se acelera. Abajo, cientos de partidarios gritan, preparan la fiesta. Arriba, este secreto late en mis venas. La excitación del riesgo me endurece al instante.
Sara me mira. ‘¿Quieres que me quede?’. ‘Sí, amor. Divirtámonos’. Me quito la camisa, torso desnudo. Pénélope se acerca, ojos hambrientos. La arrastro a la gran ventana que da al salón inferior. Equipo afanado, ignorantes de todo. Ella me besa, lengua ansiosa. Sara me acaricia la espalda, aliento caliente en el cuello. Pénélope cae de rodillas, baja mi pantalón. Mi polla salta, tiesa y palpitante. ‘¿Quiere que se la chupe?’. La empujo contra el vidrio, meto en su boca. Torpe al principio, luego succiona con hambre, lengua girando. Gimo bajo. Sara observa, excitada. ‘Gracias por la sorpresa, cariño’. Minutos después, la levanto. Se gira, apoya manos en la ventana, arquea la espalda. Bajo su pantalón elástico: culito desnudo, sin bragas. Toda la tarde trabajando así, puta en potencia. Sara me pasa un condón. Lo cubro, flexiono rodillas, entro lento en su coño estrecho. Aprieta como virgen, casi me corro ahí. Empujo, profundo. Ella gime, cabeza ladeada, orgasmo tras orgasmo.
El Despertar de la Pasión Prohibida
Sara anima: ‘Tómala, esta criaturita, antes de que todo cambie’. Acelero, cachetes chocando. Sudor perla mi piel, olor a sexo llena el aire. Me retiro, quito condón. Ella quiere girar, pero la mantengo doblada. Me pajeo furioso sobre sus nalgas. Sara me acaricia. Exploto en un rugido ahogado, chorros calientes cubren su piel pálida. Temblamos. Sara trae toalla, nos limpiamos. Nos vestimos rápido. ‘Esto queda aquí, Pénélope’. ‘Claro… qué amante’. Bajamos. Rodeado de ellas y partidarios, frente a las teles. Anuncian mi victoria a las 22:05. Sara me abraza, Pénélope me felicita con guiño sucio. Teléfono vibra: el Primer Ministro. Abajo, aplausos. Arriba, mi semen aún fresco en su culo. Secreto intacto. Revigorizado, listo para la nueva vida. El placer del osado me inunda, prohibido y mío solo.