En el hammam del pueblo kabyle, salgo relajado, el cuerpo limpio de sangre. Me visto sin prisa: sarouel ancho, chemisette escotada, djellaba. La noche cae. El mendigo ciego me reconoce por el paso y el tintineo de la moneda. ‘Abuukir, hace tiempo que no venías. Que Dios te bendiga’. Mi apodo berberisco, el del macho cabrío, por estos ojos almendrados claros, pómulos altos, nariz ganchuda y barbita. Aspecto faunesco que ha tentado a más de una en la fuente.
Camino a las viñas. La carroña decapitada sigue ahí. Quito piedras, recupero el saco de yute del agujero. Sonrío pícaro rumbo a la gran casa blanca, un kilómetro al fondo del crepúsculo. Dominio vitivinícola de Sophie Ramirez, ‘La Viuda’, treinta años, viuda desde hace dos por accidente de auto. Mano de hierro. Rechazó el racket de bandidos de las montañas. Contrató guardias armados. Cuando quemaron su mejor viñedo, prometió todo lo que pidiera al que trajera la cabeza de Achaoui, su jefe.
El Despertar de la Pasión: La Promesa que Enciende el Fuego
El guardia en la viña me ve llegar solo, con baluchón. Llego a la puerta, golpeo el martillo de bronce en forma de racimo. La sirvienta gorda entreabre. Sonrío encantador: ‘Tengo una entrega para tu señora, solo a ella’. Me hace pasar al saloncito. Sophie examina cuentas. Primera vez que la veo: pelirroja menuda, piel cremosa, curvas jugosas, boca carnosa prometedora. Ella me escanea: sátiro griego, virilidad desbordante.
‘Soy Sophie Ramirez. ¿Qué quieres?’. Voz aguda, vulgar, autoritaria. ‘Brahim. Tengo info, pero sin la criada’. Aïcha sale, cerca. Negoceamos. Le digo que maté a Achaoui por su promesa. Muestro el saco: bola ensangrentada, barba gris. Grita, la tapo la boca. ‘Cállate o llaman y te joden con los gendarmes’. Lo deja en el rincón, fuera. Vuelve con oro para mobylette. Río por dentro.
‘Tienes hambre, sírveme’. Pasa a comedor. Sirvo yo: navarin de cordero, vino. Bebe, trino. Se levanta, ojos amarillos la clavan. ‘Muéstrame tu cuarto’. Protesta, ofrece scooter, moto. La arrastro escaleras arriba. Río: ‘Ni camión’. Entra en su habitación amplia, cama grande.
El Acto Sin Límites y el Secreto Guardado
Me hundo en el sillón. Le ordeno levantar falda. Niega. Insisto: ‘Prometiste lo que quisiera por la cabeza. Quiero follarte. Desnúdate o lo hago yo’. En árabe crudo. Desata, falda y blusa caen. Sujetador, slip blanco. Se quita brassier lento, cruza brazos. Tetas pesadas, pezones morados tiesos. Abro sarouel, verga dura. Grita escandalizada. La tiro a cuatro patas en cama, bajo slip. Culo redondo, pelirroja natural, no depilada. La camo, entro seco. Glapido de ultraje.
Ella esperaba caricias, no esta monta brutal. Pero su coño aprieta, hace meses sin. Capitán francés mediocre ausente. Yo martilleo, piel blanca fragante, tetas bambolean. Gime salaz, bavarda. La volteo, desnudo sarouel. Manoseo tetas, vientre. Penetro hondo, piernas en mi espalda. Pide lento, besa. Niego, bombardeo. La giro, abro nalgas, enculo a pelo. Ruega, insulta. Pronto gime placer. Eyaculo rugiendo.
Se ducha. Yo fumo. Sale en camisón rosa, descotado, lista para más. ‘Colación antes de cama’. Río, pretextos, palmada en culo. Baja escaleras, noche fresca. Duermo bajo olivo. Amanecer, camino. Berger Youssouf: ‘Salam, Brahim Achaoui. ¿Qué haces? Gendarmes te buscan, viuda quiere tu cabeza’. Río: ‘Ya la tuvo. ¡Y la verga del cabrío en regalo!’. Secreto mío, placer prohibido intacto. Transgresión total, sin testigos. Oso y gano.