La habitación ardía de calor. Acababa de llegar la noche anterior y subí el termostato al máximo. Paredes de coco, moqueta marrón oscuro. Cama enorme con manta beige. Armarios, baño pequeño con ducha. Todo limpio, acogedor, perfecto. Lo visité distraído, pagué por una noche con desayuno. Me tumbé, vi tele pensando en otra cosa. Me dormí tarde.
Ahora esperaba de pie. Las siete y media. ¿Vendría como prometió? Todo esto era una locura. Ni siquiera sabía cómo era.
El Despertar de la Pasión: La Espera y el Elemento Detonante
Ocho menos cuarto. No tardaría. Dudé en bajar por café. Si llegaba y me iba, se iría. Encendí la tele. Un tipo vendía productos milagrosos. Mousse para canas que las tiñe. Absurdo.
Tres golpes suaves en la puerta. Salté, abrí.
Era una mujer menuda, rubia, frágil, hasta mi hombro. Tan joven… ¿Cuántos años? La miré en el umbral. Sonrió tímida.
—¿Señor Georges Durieux?
—Soy yo. Pasa.
Me pegué a la pared. ¿Qué hacía? Absurdo. Se me escapó:
—¿Eres Emilie, la de…?
—Sí. ¿Me imaginabas distinta?
—No imaginaba nada. Pero eres tan…
—¿Tan qué? ¿No te gusto? Dilo ya.
Se levantó para irse. La paré.
—No, estás perfecta. Al contrario, encantadora.
Sonrió, se sentó en la silla junto a la ventana. Yo en la cama. Sacó un cigarro, lo encendió con un mechero verde plástico. Lo dejó olvidado. Lo guardo aún.
Emilie sonrió.
—¿Empezamos ya o charlamos?
—Charlemos.
No recuerdo bien qué. Estaba nervioso. Me contó su vida sexual, novio inútil, sin orgasmos. Veinte años, sociología en Aix. Le gustaba música cubana, caballos. Ojos marrones vivaces, como ardilla. Pelo largo rubio con lazo negro. Vestido y botas negras. Rubias en negro me encienden. Sin razón.
Mezcla de timidez y seguridad. Sabía lo que quería.
Girábamos en círculos. Recordé nuestros mails, la llamada. El plan estaba claro. Pero dudaba.
Emilie tomó la iniciativa. Apagó el cigarro, se acercó, tocó mi bragueta.
—¿Recuerdas lo acordado? No me falles. Dame lo prometido.
Me levanté, me desnudé torpe.
—¿En la cama o…?
—Como quieras. Ven ya.
Desnudo, piernas abiertas, polla dura erguida. Se sonrojó. La miró, asintió. Me agarró firme.
El Acto sin Límites: Placer Crudo y Desenfrenado
—Qué dura. Me encanta. Hazlo como dijimos, Georges.
Me acordé. Me iba a masturbar delante de ella. Punto de partida.
Nunca lo había hecho ante una desconocida. Extraño. Placentero. Ella sentada, piernas cruzadas, mirándome. Animándome.
—Sí, así. Baja más, fuerte…
Ganaba confianza. Olvidé lo raro. Me daba placer ante ella. Solo unos mails.
Emilie se excitaba. Descruzó piernas, quitó tanga negro de satén. Rodilla arriba, zapato en el brazo. Mostró coño sin pudor. Separó labios, se tocó.
Nos mirábamos, gemíamos. Se mostraba indecente, excitada al máximo.
Se meneaba, gritaba. Polla más grande del mundo. Me la follaría hasta matarme de placer.
Yo temía ruido. Que viniera recepción.
Emilie:
—Cuando vengas, acércate. Yo ya estoy.
Me atrajo por caderas. Dedo en mi culo. Orgasmos subía. Gemí fuerte. Cabeza atrás. Jiz intensísima. Hace tiempo no así. Ella gritaba más.
Abrí ojos. Cara llena de leche. Sonreía, gotas en mejilla, barbilla. Sacó dedo.
—Magnífico, Georges. Docilito. La próxima me follas. Si eres bueno.
Fue al baño con tanga. Yo frío, entre sábanas tibias.
Volvió sonriente.
—No puedo quedarme. Clase a las diez. Eres guay. Me excitas masturbándote.
Me besó labios.
—Te llamo. ¿Miércoles?
—Sí. ¿Qué haremos?
—Masturbas otra vez. Me encanta verte. Luego veremos.
—¿No un ratito más?
Rió, a la puerta.
—Hasta la próxima, pícaro. Examen fin de mes. Chao, conejito.
Puerta azotó. Pasos alejándose. Dormí pensando en desayuno. No importaba. Nada.