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La secretaria bobo que me mamó la polla como nunca

En la oficina del gabinete de corretaje. Me llamo Stéphane, 38 años, dos hijos. Trabajo en back office hasta tarde. No soy de madrugar. Equipo de ocho. Corinne, casada, 42, un hijo. La soporto poco. Boba parisina total. Quiere ser BCGB, se cree superior. Habla de su marido viendo política y su vino caro. Ni guapa. Formas generosas, sin encanto ni picardía. No huele a sexo. Seguro cero fiesta en casa.

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Equipo charlatán de pollas. Almuerzo, café, todos sueltos. Ella fuerza para no parecer tiesa. Una noche, cree estar sola. Salta al verme en la fotocopiadora. Le suelto: «Creía que estabas sola, ¡menos mal que no te quitaste la ropa para currar cómoda!». Ríe como loca. Blufa del siglo. Halagador, falso.

El chiste que despertó la pasión prohibida

Semana después, solos otra vez. Recuerda mi chiste. Cinco minutos, me llama a su despacho. «Mira, no estoy desnuda en mi mesa». «¡Claro!». Charla surreal. «Que dijeras lo de trabajar desnuda me recordó un fin de semana con mi marido. Pedí juguetes para follar. Niño con abuelos, hora de divertirnos». ¿Por qué cuenta eso?

«Sé lo que pensáis, pero nos divertimos». «No lo dudo, Corinne. Bromas, nada más». «Parezco tiesa, pero desde los 20, mis tíos decían que chupo de puta madre». Desmadre. «Supongo que te mola que te mamen, ¿no, Steph?». «Eeeh, sí…». «A mí me flipa mamar. Así lo hago bien. ¿Quieres que te enseñe?». «Por qué no».

¿Qué coño? Tarado. Acera silla, va a mi cinturón. Me aparto, quito manos. «Para, no debí decirlo». «Déjate, te haré una mamada real». «No». «Te voy a devorar la polla como nunca». Me turba su crudeza. Me pongo tieso. Sin resistencia, ataca bragueta. Pantalón y calzoncillo a tobillos. Agarra polla, huele base. Sube a glande. Nariz en huevos, aspira todo. Sorpresa: la boba es fetichista de olores.

«Hum, qué bien huele una polla. La tuya, deliciosa». Ojos en mí, me menea. Se lame labios. Lametazos: arriba abajo, glande, huevos, debajo. Succión glande, aspiradora. Cinco minutos, engulle todo. De raíz. Gimo fuerte. «¿Te gusta la mamada de la tiesa?». «Sí, sabes mamar polla». «La tuya está rica».

La mamada cruda y sin límites en el escritorio

Saca lengua, se azota con ella mirándome. Menea, gobe huevos uno a uno. ¡Joder, qué gozo! «Estás afeitado: invita a comértelos». «Sí, cómetelos». Increíble, esta idiota mama brutal. Dedo en raja. ¡Oliva! Abro piernas, luz verde.

«Hum, cerdo, das acceso al culito. Toma…». Me mete dedo en culo mientras mama. Adoro. Se levanta, empuja a mesa. «Tumbado, piernas arriba». Lengua entre huevos y ano, menea. Divino. «¿Te mola que te coma el culo, cabrón?». «Sí, cómemelo». Lee mi mente. Amo rimming. Lengua fouilla, gira, presiona. No solo ano: me aprieta polla. ¡Explotaré!

«Avísame al correrte: quiero probArte». «Vale». Su crudeza sube vicio. Dos minutos, aviso. Primera chorra en mesa. Agarro, me acabo en boca. Traga todo. ¡Éxtasis!

Tardo en reponerme. ¡Qué mamadora! «Por el chorro, sé que flipaste, pervert». «Eres una mamadora de cojones». Se limpia boca, susurra: «Repetimos cuando quieras, pero próxima, me follarás».

Pienso: sí, hay próxima. ¿Quién lo diría? Secreto guardado. Transgresión pura. Adrenalina del tabú. Satisfacción de osar. Nadie sospecha. Mi obsesión, intacta.

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